sábado, 17 de mayo de 2008

Una vela para Carolina

En memoria de Carolina Sandoval


Hoy por un momento me quedé en silencio con los ojos cerrados y las aguas del recuerdo me trajeron de vuelta tu rostro inocente. ¿Estarás dormida, sumida en el sueño eterno de la Bella Durmiente? Eso me decías tú, que los muertos duermen hasta que Dios les resucite nuevamente. Yo no sé, pero si puedes verme y escuchar lo que te digo, te pido que me acompañes con tu ternura de ángel que de seguro todavía conservas.
Recuerdo cuando tímida llegaste la primera semana de Marzo al colegio. Apenas hablamos nos hicimos amigos y traté de defenderte de esos tontos que miraban tu inocencia como debilidad y falta de carácter. Ahora que miro hacia atrás y te veo con tu delantal y el pelo recogido en dos moños con cintas me doy cuenta que no eras para este mundo, un ser tan puro no podía vivir en medio de nosotros, egoístas e imperfectos, volabas más alto, tanto que siendo niña partiste a alcanzar el cielo.
La última vez que nos vimos fue el día de nuestra graduación. Durante el año siguiente te pensaba, e imaginaba que como yo hacías las mismas cosas sin importancia que nos imponía la rutina: seguir estudiando, añorar las vacaciones y por qué no también un amor de verano. No había reparado antes en ello, pero nunca supe que querías o cuales eran tus sueños, nos quedaron pendientes muchas cosas de que hablar Carolina.
Mi hermano siguió estudiando en la misma escuela en que nos conocimos, y curiosamente con nuestra misma profesora. Una tarde llegando a la casa se paró frente a mi y dijo que la Srta. Judith me mandaba un recado, “murió tu compañera de curso, la niña con la que te sentabas en los recreos en la banca afuera de la oficina de la directora”. ¡Cómo podías estar muerta, no se habrían equivocado!, por desgracia no, tu madre me lo confirmó después cuando nos encontramos en ese mismo patio que miramos alguna vez juntos, atiborrado de chiquillos bulliciosos que corrían y hablaban fuerte en los recreos, sentados en la banca afuera de la oficina de la directora.
-Ella te tuvo mucho cariño y se acordaba siempre de unas marionetas que le hiciste, pero eran tan feas que le daban risa – me dijo tu mamá pasando su mano por mi rostro y no pude evitar que se me empañaran los ojos.
Una extraña fiebre te atacó de pronto durante un fin de semana, luego de dos días te desvaneciste en forma lenta y tu corazón se detuvo cuando apenas tenías trece años. No solo mueren ancianos que ya se gastaron la vida, ni personas condenadas por enfermedades infames a agonías lentas y dolorosas, sino también niñas de trece años con rostros angelicales, que se ríen de marionetas feas que hacen sus amigos para alegrarlas, que quieren y sueñan cosas que desconozco, que sienten como yo y también distinto a mi.
He encendido una vela en tu memoria – te la debía amiga – y me pregunto por qué a ti. Esa misma interrogante ha estado más de dos años en mi cabeza, sobretodo en los momentos de soledad y desaliento, cuando cansado de cargar con este cuerpo débil que no me responde como quiero me dejo vencer por el pesimismo: “¿para qué vivir?”
Curioso que a mí teniendo treinta me lo venga a enseñar una niña de trece. Para vivir, solamente para eso.
Para seguir andando con mis dolencias, con el aburrimiento de hacer lo mismo todos los días, convivir con mi soledad y aprovechar de ser feliz en los momentos en que puedo serlo. Para todo esto que se te negó siendo tan joven y a lo que tenías derecho como cualquiera de los que todavía nos encontramos aquí. Para encender una vela, cerrar los ojos y recordar a una niña simpática con cara de ángel que fue mi amiga y a la que solo le restaba tener alas para volar alto y las consiguió un día, cuando no pasaba de cumplir los trece.