
La tarde en que Ana volvió a ver a Miguel después de tantos años, comprendió que el tiempo no solo se había llevado consigo la juventud, sino también los recuerdos del primer amor.
Ana vivía junto al mar en una pequeña casita de madera pintada de un blanco carcomido por la brisa salada y rodeada de un jardín de flores multicolores que le daba un aire acogedor. Cada mañana bajaba a la playa a caminar por la orilla mientras las olas bañaban sus pies y el sol al despuntar el alba doraba su piel. Allí conoció a Miguel y siendo ambos casi unos niños sus corazones se remecieron con el calor de quienes recién empiezan a amar.
Un día Miguel tuvo que partir y con los ojos empapados le prometía a Ana que aún estando lejos le amaría.
-No te olvides amor mío de esto, aunque te tengo que dejar no te digo adiós porque te llevo en mi, volveremos a encontrarnos, espérame como siempre aquí en la playa. A pesar de la distancia seguiremos juntos porque te amo – y así, después de decir estas palabras y besarla, se alejó en medio de la niebla.
Nunca más oíste hablar de mi amado mío, no volví a ver tu rostro sereno ni a sentir ese cosquilleo al estar ante ti. He seguido aguardando tu regreso a la orilla del mar, no te he olvidado, y junto con el collar que me diste ese verano, y que llevo colgado al cuello, guardo en mi pecho el recuerdo de la llama que encendimos en la arena siendo amantes inexpertos cuando todavía no salía el sol.
¿Dónde estarás Miguel?, ¿aún me pensarás? Te espero en el mismo lugar con la esperanza de verte y volar a tus brazos nuevamente. Como quisiera por un momento convertirme en una de estas gaviotas y tener las alas que necesito para alcanzarte…por favor Miguel vuelve…por favor no me olvides.

Diez años pasaron, diez largos años de espera que se hicieron una eternidad, diez años acariciando el recuerdo de un amor casi infantil, el primero, ese que queda como un tatuaje marcado para siempre en el alma y en ocasiones aparece nuevamente rondando nuestra mente. Miguel volvió después de muchos veranos, después de muchas caminatas a la orilla del mar sobre la arena húmeda, pero Ana no cayó en cuenta que diez años es mucho tiempo y el chiquillo amable de rostro dulce del que se enamoró ya no era el mismo.
La casita de madera llena de flores y pintada de un blanco carcomido por la brisa seguía igual, pero Miguel estaba hecho un atractivo joven de mundo, alto, culto. Su madre, Doña Ofelia, fue la que le llevó la noticia a Ana.
-Miguel ha vuelto convertido en un hombre muy buenmozo, ¿por qué no vienes hija esta tarde a la casa a verlo? – le dijo Ofelia tomándola de las manos.
Así lo hizo Ana, se puso su mejor vestido, ese que resaltaba su piel dorada. Ató su negro cabello en una trenza y lo adornó con unos cuantos azahares del jardín. Por el camino iba imaginando cuál sería la reacción de Miguel al verla, ¿y ella?, sentía que el corazón le latía a mil bombeando tan fuerte que la sangre le golpeaba las sienes.
De pie frente a la puerta sintió que las piernas se le adormecían, no sabía si tendría el valor para entrar y se encontraba en la duda si golpear o no cuando Ofelia salió a su paso.
-¡Pero por Dios criatura no te quedes ahí parada!, ven, pasa, adelante. Miguel fue a comprar algunas cosas pero ya viene…toma asiento hija… ¡hay pero que linda que estás!...te voy a mostrar unas fotos mientras para que veas lo guapo que se a puesto mi niño.
Ofelia depositó en las manos de Ana unas cuantas fotografías que la enfrentaron de golpe a la imagen de un joven que muy poco se parecía al chiquillo ingenuo que le juró amor eterno en la playa. En efecto, él no solo había cambiado en su apariencia.
Ana seguía casi igual, como si el tiempo para ella se hubiese detenido, un poco más alta quizás. Al entrar en la casa y verla allí sentada Miguel la saludo con un beso frío en la mejilla. Frente a frente las miradas de ambos se toparon y Ana descubrió que el brillo en los ojos de Miguel no era el mismo.
De pronto la tierra pareció partirse en dos bajo sus pies y un abismo inmenso como el océano les separó en un segundo. Tanto esperar para enfrentar su mayor temor, en esa mirada ya no estaba su reflejo, los ojos que por ella un día lloraron la miraron sin afán, fríamente, y al notar en ellos tal desprecio se preguntó si los recuerdos se los había llevado el viento o habían quedado enterrados en la playa cuando le dijeron adiós.
-Ya no somos los de antes Ana, eso debes comprenderlo. Hemos crecido, tengo intereses diferentes a los tuyos, posiblemente me vaya a vivir a Francia, ojalá no me tengas rencor por esto, ¿comprendes verdad? – decía Miguel cuando la acompañó de vuelta a su hogar. Ella no dijo nada durante todo el camino, se limitaba a escucharlo cabeza abajo, para qué hablar, sobraban las palabras. Al despedirse lo besó en la frente por última vez y lo dejó partir viendo como se alejaba de a poco hasta que su silueta se perdió en el horizonte.
Ya a solas sobre la misma arena donde se amaron derramó un río de lágrimas amargas, arrancó de su cuello el collar que llevó puesto tantos años y lo lanzó al agua como para ahogar el dolor de una espera en vano por un amor olvidado en el tiempo.
El día que te encontré me enamoré sin saber que de pronto despertaría de mi sueño para ver que todo se acabó, que me quedaría hundida en el olvido, acompañada en mi dolor con la eterna soledad…nadie antes de ti…tampoco después.
La distancia que nos separa es tan grande como este mar en donde trato de sumergir mis pensamientos, pero las olas te traen de vuelta a mi mente y es un ejercicio inútil tratar de apartarte de mi memoria. Cuántas veces pensé en volverte a ver y decirte que nada había cambiado, que mi amor aún estaba ahí pada dártelo, pero pudo más el silencio, pues cuando te tuve cerca comprendí que estabas todavía más lejos y preferí callar. Por eso Miguel, si por casualidad alguna vez piensas en mi ten presente que sigo aquí, que nunca te olvidé.
Dicen en la aldea que Ana pasea por la playa cada mañana antes de los primeros rayos del sol, que se sienta en la arena ovillada en su chal blanco y a lo lejos parece una roca hecha de sal, inmóvil, inmutable, con la mirada perdida y la mente anclada en un amante que se marchó más allá del océano.

Creen que el mar se enamoró de Ana y por eso desterró del corazón de Miguel los recuerdos, para tenerla a sus pies a diario contemplándolo desde el amanecer hasta el ocaso pues las lágrimas que ella vierte en él por el amor no correspondido son la razón de su sabor a salado. Ana envuelta en su manto, Ana esposa del mar, Ana lamento y quebranto, Ana hecha de sal y coral. Ana sentada en la playa siempre sola…Ana huele a soledad.
Penelope´s Song .Loreena Mckennitt
Ahora que el momento ha llegado,
Cuando presto termina el día
Allá, en alguna costa distante
Me escucharás decir:
Como un día de verano, largo
Como el océano magenta, profundo
Así, mantendré tu corazón junto al mío
Hasta que regreses a mí.
Volaría como un pájaro hasta allá
Muy alto a través del aire
Hasta alcanzar los rayos del sol
Solo para encontrarte allí
Y durante la noche, cuando dormimos tranquilos
O cuando el viento sopla ligero,
Así, mantendré tu corazón junto al mío
Hasta que regreses a mí.
Ahora que el momento ha llegado,
Cuando presto termina el día
Allá, en alguna costa distante
Me escucharás decir:
Como un día de verano, largo
Como el océano magenta, profundo
Así, mantendré tu corazón con el mío
Hasta que regreses a mí.

1 comentarios:
ariel todo lo que escribes y es una maravilla, gracias por entender, tu interior, sabes eres un verdadero aartista me sorprendio, tanta belleza
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